Mi segundo hogar: estudios

9 August 2007

Hay una casa que no es la que nos recibe cada día después del trabajo. Tampoco la que aguarda momentos íntimos y personalísimos de nuestra existencia. Es un lugar, más bien, impersonal. Nos sentimos a gusto compartiéndolo con cientos de individuos que, así como nosotros, piensan. Estudian, leen e intentan ser mejores. Cualquier centro educativo puede convertirse en nuestro segundo hogar. Nos forma opiniones, visiones del mundo y principios. En sus aulas, convivimos diariamente con nuestros hermanos putativos. Papá, el profesor, suele hablar de la realidad del país y disfruta decepcionarnos cada vez que creemos que hará las cosas por nosotros. Es más que un simple escenario.

Empecemos con el colegio. Es muy difundida la idea de que la primera escuela es la casa. Claro, en ella aprendemos a vivir y nos nutrimos constantemente de estímulos y modelos conductuales. Pero una vez cumplidos ciertos años, es preciso salir del caparazón para volar. Lloramos el primer día de clases, nos retorcemos y maldecimos a la profesora, su sonrisa y su mandil blanco. De paso, nos insertamos en el mundo académico, cada vez más trascendente, debido a las actuales ponderaciones profesionales. Es el inicio.

Tanta es la conciencia vigente respecto de la importancia de la educación, que pasamos muchas horas en academias, universidades, institutos u horas extra en la escuela. En tal proceder, estrechamos lazos sociales, generamos universos de amigos y vivimos en constante interacción. ¿Y de qué me doy cuenta? Pues de que es mayor la cantidad de tiempo que invierto en mi formación (fuera de casa) que la que permanezco en mi hogar. Tiene que ver con la humana ley del sacrificio.

De tal forma que posicionamos el lugar donde aprendemos (colegio, universidad u otros) como una zona de plena injerencia en nuestro desarrollo. En la calle, asimilamos muchos patrones de pensamiento y juicios valorativos. Así, muchas veces retornamos a nuestros recintos moldeados por la realidad que absorbimos. Se trata de asuntos positivos y negativos.

Por ejemplo, yo, en la universidad, como y duermo. No, no se vayan a caminos bifurcados por interpretaciones literales. Hablando en figurativo, digo que duermo porque pestañeo entre clases y prácticas, no en una cama. Es que suelo arribar muy temprano a las aulas, entre la neblina de la mañana y la amargura de un desvelo. Además, tomo mi almuerzo en un restaurante cercano a mi centro estudiantil. Suelo compartirlo con la persona que quiero. De ese querer.

Finaliza la luz y cae la noche. Lecturas en la biblioteca, trabajos grupales en la cafetería, conversaciones bulliciosas en el patio, optimismo en conversaciones magistrales. Mucho experimento en mi segundo hogar. Mucho. Si la inmobiliaria fuera el arte abstracto de construir castillos de ilusión, las aulas serían pulcros productos inmuebles. Formadores de momentos inolvidables en la vida. Llenos de emociones adolescentes y delirios juveniles, albergadores de ese ‘no sé qué’ que abruma en momentos de confusión. Nos ven llorar, reír y hasta aprender. Somos inquilinos preciados de sus ambientes. ¡Qué maravilloso! Pues así transcurren los días.

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